Evadí las prisiones de la razón
y corrí hacia tu cuerpo sacerdotal.
Eres alta como un pequeño campanario
y, cuando ríes, hay diminutos repiques.
Te arrastro por calles incandescentes
hasta mi multicolor lecho de gloria.
Allí te desnudo de tus carpas
y te lavo del polvo que te ha irritado.
Cantamos entre los aserrines
una historia de amor encendida.
Nos estremecemos como barandales
encima o debajo de la ropa.
Yo sacio mi sed en tus volcanes
y me saturo de tu orografía.
Te espolvoreo con mis besos cándidos
que tienen el sabor de los fresales nuevos.
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