Andaba yo en los reflejos de tu talle
y en los resuellos profundos de tu pecho.
Era yo algo inespecífico
que se adhería a los pliegues de tu viés.
Bajaba yo en vértigo tu empeine
y subía a estrujarte los muslos.
Era yo aquello que circulaba
por todos tus domos y tus páramos.
Soplé sobre ti sensación de alcurnia
y te sentiste bienamada princesa.
Era yo un algo en el aire
que te hacía sentir alegre y vaporosa.
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