Bajo malignas constelaciones
veo recrearse razas de malicia.
Las tribus corrompieron su inocencia
con su culto bestial a lo animal.
Las mujeres son sólo zarigüeyas
que velan al marido de las otras.
Los hombres son proles a deshora
enterrados en el peso de su hacha.
Los ojos son turbios como las cabelleras
y las sienes son dos rieles deshechos.
Juegan a herirse en estampida
y a derramar sangre por las cumbres.
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